Juan Luis Pérez, un jugador del Mideba: «No soy ejemplo de nada. Todos superamos algo siempre».

Detrás de la foto ganadora del Premio ‘Sin Barreras’ está la historia de Juan Luis Pérez, un jugador del Mideba que se quedó en silla de ruedas hace doce años.

Juan Luis Pérez, con la foto ganadora de su tatuaje del concurso Sin Barreras. :: Pakopí

Juan Luis Pérez, con la foto ganadora de su tatuaje del concurso Sin Barreras. Foto: Pakopí.

Compartido por Javier Pérez y Locos x el Deporte Adaptado.

Escrito por A. Gilgadohoy.es/deportes.

Cualquiera que conozca a Pakopí sabe que es de esos fotógrafos que dispara con la cámara como respira. Un no parar. Por eso, cuando Juan Luis Pérez se quitó la camiseta de entrenamiento y se puso la oficial del Mideba el día de la presentación del equipo se le fueron los ojos -y el objetivo- a las alas tatuadas en la espalda del baloncestista. Mensaje potente. De los que no hacen falta explicar. El dibujo se lo vio a Beckham y decidió que le vendría como anillo al dedo para trasladar su filosofía de vida. «Quedas en silla de ruedas pero sigues eligiendo lo que puedes hacer en tu vida».

La foto fue galardonada con el Premio ‘Sin Barreras’ de la Diputación de Badajoz. Basta conocer un poco más a Juan Luis para descubrir que no va de farol. A los 16 años empezó montando cocinas en Zamora y en cuanto cumplió los 18 se hizo militar y también fue mediapunta del Atlético Zamora. Iba y venía a diario desde su ciudad hasta el cuartel Diego Portelos de Burgos. Fue precisamente en esa autovía, un viernes a las dos y media de la tarde, cuando el Renault Clio en el que viajaba junto otros dos militares se salió de la carretera.

El conductor salió ileso, el copiloto con algunas contusiones y Juan Luis, que iba en la parte de atrás, con una lesión medular. Dos semanas en el Hospital de Burgos y seis meses en el de parapléjicos de Toledo. Medio año luchando por volver a caminar, pero su lesión era irreversible. Con 21 años asumió que siempre iría en silla de ruedas.

Si alguien espera un testimonio quejoso, lacrimoso o de mala fortuna que cambie de página. Juan Luis es un tipo muy activo, extrovertido y sin pelos en la lengua. Hoy tiene 33 años y recuerda todo este proceso con una serenidad nada impostada. Huye de la compasión como de la peste. «Hay gente que me ve cuando me bajo del coche, y me ayuda. Yo lo agradezco, pero no lo necesito».

Siempre mantuvo, y mantiene, el ánimo en alto. «No soy un ejemplo de nada. Todos tenemos que superar alguna vez algo y a mí me ha tocado esto». Solo echa de menos el fútbol. Adaptarse a la silla fue para él, simplemente, cuestión de tiempo. En Toledo le enseñaron a subir al coche, a bañarse, a montar la silla y hasta le tiraban al suelo para que aprendiera a levantarse.

Allí todo era muy fácil. El problema vino después. Cuando sales a la calle y tienes las rampas, las escaleras, las cuestas y los bordillos. «Al principio los bordillos los rodeaba, hoy casi ni me doy cuenta de que los paso». Su vitalidad postraumática tampoco pasó desapercibida en Zamora. Le llamaron para charlas a los niños en los colegios y siempre terminaba con el mismo consejo: «Nada de quedarse en casa a que te lo hagan todo».

Como si no tuviera la silla.

Juan Luis recuerda que al poco de llegar de Toledo terminó la relación con su novia, pero nunca se planteó volver con su madre o sus abuelos. Se empeñó en hacer lo que hubiera hecho sin silla. Sigue viajando solo a Ibiza, visita a su madre desde Badajoz en su propio coche y mantiene una vida social propia de un joven soltero con ganas de comerse el mundo. «Ahora ligo más. Yo creo que se fijan más en mí porque la silla llama la atención».

En Toledo le propusieron que se apuntara al equipo de baloncesto en silla de ruedas, pero ni se acercó. No le gustaba. Fue dos años después cuando un amigo de Salamanca le invitó. Desde entonces ha pasado por varios equipos y tiene la espinita de llevarse su primer título. Se quedó en el segundo cajón en una Copa de Europa. En Badajoz vive como lo que es: un deportista de élite. Entrena por las mañanas dos o tres horas en el gimnasio de Castelar para fortalecer hombros y brazos. Mete sesenta kilos en press de banca para aguantar las embestidas rivales.

Las tardes las divide entre la sesión de tiros de una hora y entrenamiento con el grupo. En contra de lo que algunos piensan, el baloncesto en silla de ruedas es un deporte exigente y de contacto. Te puedes caer varias veces en un partido y deja heridas de guerra cada temporada. Juan Luis se ha roto dos costillas y la cadera. Tampoco le quita el sueño. «Este deporte es lo que tiene».

Fuente: http://www.hoy.es/deportes/baloncesto/201703/04/ejemplo-nada-todos-superamos-20170304001402-v.html

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