Fútbol Para Ciegos: “Con los Ojos en los Pies”.

Con un balón con sonido especial y muchas ganas, este equipo le hace el quite a la adversidad.

Fútbol para ciegos: con los ojos en los pies

Entrenamiento en el parque Nacional, miércoles y viernes, ante la mirada incrédula de espectadores. Foto: Luis Lizarazo/ EL TIEMPO.

Escrito por Lizeth SalamancaRedactora Huella Social.

“¡Voyyyyyyyy!”. El grito de Cristhian Armando Rojas queda suspendido en el aire mientras el resto de su cuerpo se abalanza hacia el balón, que rebota entre los pies de su oponente. Cristhian gambetea, maniobra con astucia, se la ‘roba’ al adversario y dos segundos más tarde hace un pase efectivo.

“¡Voyyyyyy!”. Rompe una y otra vez el aire. Es un rugido que se repite como eco, aquí y allá, durante los 90 minutos que dura el encuentro.

De no ser por esa exclamación, un balón sonoro que hace melodía por dondequiera que lo echan a rodar, y la venda negra que cubre los ojos de los jugadores, ninguno de los curiosos que se acercan a la cancha de hockey del parque Nacional, en Bogotá, podría advertir que se trata de la Selección Cundinamarca de Fútbol Sala para Invidentes.

La técnica y el dominio del balón de cada uno de sus integrantes son tales que resulta difícil creer, o al menos imaginar, que pases tan precisos y jugadas tan limpias sean creadas desde las tinieblas, desde esa oscuridad absoluta en la que solo quedan los sonidos y un sentido desarrollado de la percepción.

Solo entonces es posible entender que para jugar fútbol es preciso tener los ojos en los pies.

“Lo demás está en la cabeza” –explica Cristhian, uno de los jugadores del equipo–. “Cada uno tiene un mapa mental de la cancha, de las posiciones de cada jugador y de los puntos de referencia. Hay que agudizar el oído, escuchar con atención y dialogar mucho con los compañeros. Las piernas hacen el resto”.

Y, por supuesto, hay que gritar “¡voyyyy!” porque no hacerlo cuando se va a disputar la pelota constituye una falta tan grave como golpear al adversario en el balompié convencional. Es, de hecho, una regla internacional de este juego, que no es más que el fútbol que todos conocemos, pero adaptado y jugado desde las sombras.

Sombras como las que recuerda Cristhian, de 26 años quien perdió por completo la visión a los 11, luego de sufrir un trauma craneoencefálico que le generó el desprendimiento de la retina.

“Cuando entré a la selección, en el 2008, y aprendí a jugar fútbol para ciegos, aprendí también a ver la vida de otra manera. Cuando me entrego al balón me olvido de mis problemas, de las tensiones que me genera mi discapacidad, de todo lo que me afecta, libero esas cargas y solo somos la pelota y yo. Entonces el mundo es nuestro”, dice, mientras explica detalles de sus funciones como analista de calidad en un call center donde actualmente trabaja.

Equipo visionario

La Selección Cundinamarca de Fútbol Sala para Invidentes nació en julio de 1998, según lo recuerda Luis Antonio Castañeda, uno de sus cofundadores y el más veterano del equipo, con 56 años de edad.

Hincha de Millonarios, jugador nato, abogado de profesión, locutor y hasta maestro de escuela, Castañeda relata que perdió la visión el mismo día que cumplió los 7 años.

“En mi cuadra yo era el único ciego; y como mi pasión siempre fue el fútbol, lo seguí jugando con mis amigos. Al principio metíamos el balón en una bolsa plástica para que sonara, luego me inventé la forma de abrirle huecos y meterle tapas de gaseosa o argollas de lata. Mi sueño era crear clubes y ligas para que las personas que tenían mi condición no frustraran sus sueños y sus pasiones”, relata Castañeda.

Y así lo hizo. En 1974 realizó el primer Campeonato de Fútbol Lata, y desde entonces no se ha detenido. Incluso, hoy es el creador del balón sonoro vulcanizado (es decir, no va cosido), cuyo modelo, según Castañeda, es único en Colombia.

Ser un visionario del fútbol inclusivo los ha llevado a él y a sus muchachos de la Selección Cundinamarca a acumular un nutrido palmarés: fueron campeones de los primeros Juegos Paralímpicos en el 2004, medallistas de oro en repetidas ediciones de los Juegos Nacionales para Limitados Visuales y el primer equipo colombiano de futsal de esta categoría en coronarse campeón de los Juegos Centroamericanos, en Guatemala, el año pasado. Además, cuentan con tres jugadores convocados a la Selección Colombiana de Fútbol para Invidentes.

Pero la verdadera gloria para estos jugadores está fuera de la cancha. Hoy, el equipo cuenta con 15 guerreros, entre los 14 y los 56 años, que perdieron la visión desde el nacimiento, por accidente o a causa de alguna enfermedad. Un escuadrón de cracks a quienes el fútbol les ha demostrado que las únicas barreras son las que indican ‘un fuera de lugar’, que las adversidades siempre están ahí para golearlas.

Desde que volvieron a patear ‘la redonda’ muchos recuperaron también ilusiones que creían esfumadas con la luz. La gran mayoría inició una carrera profesional, consiguieron un trabajo, se enamoraron ‘ciegamente’ y conformaron un hogar. No es raro, entonces, encontrar delanteros y contadores, mediocampistas y administradores de empresas, laterales y filósofos, defensas y microempresarios, volantes y padres, campeones y esposos.

“El balón es una ilusión hecha realidad. Es el símbolo de nuestro esfuerzo, de la disciplina de querer hacer y lograr las cosas. Cada jugada es un desafío que nos imponemos en la cancha y en el día a día”, comenta Holman Moreno, de 31 años edad y con 12 en el equipo.

Al futsal le deben ser dueños de una envidiable destreza para movilizarse en las calles bogotanas, le deben su agilidad, su sentido de la orientación y una enorme confianza que cada uno ha desarrollado para desplazarse libremente.

El fútbol, para ellos, es una metáfora de la vida: en la que se pierde y se gana, en la que se sufre, se ríe y se llora, en la que las oportunidades llegan como los pases y cada quien decide cómo aprovecharlos, en la que rodamos como un balón y corremos persiguiendo proyectos, en la que tenemos los ojos vendados y somos ciegos ante el futuro, y solo queda aferrarse a los sueños y no dejarse caer.

Así lo ha entendido Julián Jaramillo, el más joven del equipo, con escasos 12 años de edad. Julián perdió la visión a los 9 años por culpa de un glaucoma, una enfermedad que afecta el nervio óptico hasta terminar en ceguera. Desde entonces se convirtió en el capitán de su vida. Se empeñó en aprender el lenguaje braille para continuar sus estudios de bachillerato, y hace tres años se metió en las filas de la Selección Cundinamarca para cumplir su sueño de ser futbolista. “Uno como James o como René Higuita”, dice mientras agudiza el oído para descifrar la ubicación de sus compañeros.

“Voyyyy”. El grito corta de nuevo el viento frío que baja de los cerros orientales. La pelota rebota contra los baldosines blancos y unos guayos negros la rematan al arco. El arquero, que es el único vidente del equipo, apenas la ve venir… ¡Goool! La euforia se apodera del lugar, allí donde a nadie le importa el color de la camiseta, donde el espectáculo corrobora que para jugar al fútbol es preciso tener los ojos en los pies.

Ellos son los convocados.

La Selección Cundinamarca se da cita para entrenar todos los miércoles y viernes entre las 2:30 y las 5 p. m. en el parque Nacional, pues no existe en Bogotá una cancha especial para este tipo de fútbol, a pesar de que en repetidas ocasiones el equipo se la ha solicitado al Gobierno Nacional. Es el punto más central para todos y, por ser una cancha encerrada con vallas laterales, les permite no solo mantener la pelota en terreno de juego, sino también orientarse por la baranda. Por ese escenario han pasado más de 40 jugadores a quienes el fútbol les ha cambiado la vida.

Fuente: http://m.eltiempo.com/estilo-de-vida/gente/futbol-para-ciegos-con-los-ojos-en-los-pies/14076875

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